El Patrimonio Artístico del Convento de Capuchinos
La austeridad que caracteriza a la Orden de Capuchinos determina en gran manera que el patrimonio artístico acumulado por el convento sanluqueño no sea de gran entidad, aunque si cuenta con el valor añadido del paso de la historia y del cuidado y el mimo con el que los distintos hermanos capuchinos han ido enriqueciéndolo a través de los siglos. Esta herencia incalculable, de la que gozamos todos los sanluqueños, nos lleva, a través del arte, a conocer parte de la grandeza y majestuosidad de la que una vez fue pionera nuestra ciudad y que desgraciadamente a día de hoy ha sido olvidada , esperamos que a través de este pequeño trabajo sea un poco más conocido y sobre todo más amado.![]() |
LAS PINTURAS MURALES DICIOCHESCAS
De gran interés iconográfico son las pinturas murales del sotocoro, que por estar realizadas sobre el muro, no pudieron ser retiradas con la desamortización del convento.
Se hallan dispuestas en los intradóses de los cuatro arcos torales que sustentan sus tres bóvedas de aristas.
Son ocho representaciones de miembros destacados de la orden.
El formato es siempre el mismo: rectangular vertical terminado en mitra o en punta, con un borde negro que sirve de fondo liso a un enmarque de hojarasca de acanto en grisalla y en la parte superior un querube. En el interior de este enmarque se representa a un capuchino de busto, ligeramente ladeado a izquierda o a derecha según la posición para mirar siempre al espacio central de pórtico. En seis de las pinturas se conserva la inscripción con el nombre y el rango jerárquico y en las otras dos se ha perdido por el revoco.
Todas las representaciones están realizadas con un dibujo de cierta corrección, con una amabilidad expresiva de causada blandura. Si algunos carecen de vida otros dan una mayor sensación de viveza. De paleta reducida a negros, grisallas y marrones que destacan junto a los rojos cardenalicios y los tonos nacarados de los rostros y las manos.
No se sabe con certeza su autoría ni la fecha de su realización, pero por el estilo amable murillesco y porque algunos de los representados murieron en la década de 1740, estas pinturas deben de ser de mediados del siglo XVIII. Por otro lado, el único pintor que se registra de esa época es Miguel López Rosales y a él se le atribuye o también queda otra opción de que los capuchinos llamasen para esta obra a algún maestro sevillano del que tuvieran referencias.
La disposición de los retratos capuchinos; se sitúan de espalda a la entrada cuatro de ellos que serán visibles a los fieles al salir de la iglesia y los otros cuatro de frente a la puerta, visibles a los fieles a la salida del templo.
Entrando a la derecha, junto al muro lateral, se encuentra el venerable padre fray Francisco de Sevilla muerto en 1615. Famoso predicador y ex–mercedario, fundador de la provincia Sevillana. Dotado para la oratoria y con una vertiente caritativa.
Viste hábito de la orden. Su rostro de facciones enjutas, ojos abiertos y ensimismados que más que pendientes del crucifijo, se recrea en el pensamiento que su visión le ha originado.
Lleva como inscripción
Y fundador de esta prov. de Capu // chinos."
A continuación, el de Francisco de Cassini, mostrando bajo la esclavina cardenalicia roja las mangas marrones del hábito. Birrete rojo y barba muy poblada. Su rostro con expresión de ensimismamiento, mientras agarra con las dos manos un libro cerrado.
La inscripción recoge:
El tercer retrato, el padre Luis de Oviedo, que destacó en la primera mitad del siglo XVIII como predicador de las plazas de Andalucía, dirigidas a los que no asistían a la iglesia. Al igual que el resto lleva barba larga con mechones canos. Un rostro casi impenetrable, con profundas arrugas, entrecejo fruncido y ojos semicerrados. Con los brazos cruzados sobre el pecho, sostiene en la mano derecha el crucifijo.
Su inscripción es la más completa de todas:
El cuarto retrato de , representa al General de los Capuchinos fray Buenaventura de Ferrara. En 1733 impuso a la orden la conferencia moral, un día a la semana en todos los conventos para estimular la formación de predicadores y confesores.
Su rostro de cierta blandura e inexpresividad, muestra una serenidad de espíritu y sabiduría de quién sabe lo que realmente tiene importancia.
Su inscripción:
Predicador de su Stidad// y Arzobispo de Ferrara”.
Enfrentados se hallan los otros cuatro venerables capuchinos. Inmediato al muro derecho un capuchino martirizado, cuyo nombre se desconoce, pues no se conserva la inscripción. Este capuchino probablemente sufrió tormentos en tierras americanas, dada la vinculación del edificio con el Nuevo Mundo como seminario de misioneros.
Con su hábito y la capucha calados, el rudo vestido hecho jirones por cortes de armas blancas, dejando ver las heridas que sangran levemente. Maniatado y con una espada española de empuñadura dorada, como símbolo de muerte, le atraviesa horizontalmente el cuello. A pesar de ello el padre mantiene mirada casi impasible al dolor y absorto en la gloría venidera.
A continuación, el eminentísimo cardenal Anselmo de Monopolio. Viste sobre el hábito capuchino la consabida esclavina y birrete rojo cardenalicio. De rostro enjuto, mira fijamente al espectador. Portando en la mano siniestra un libro abierto, y en la diestra una pluma. Los tonos nacarados que cromáticamente se resuelven en la carnación de mejillas y frente hacen que esta pintura sea más atractiva que las anteriores. Su inscripción:
El tercer retrato corresponde a otro cardenal que vistió el hábito de capuchino, fray Antonio de Barberíno. Quizás sea la mejor de las pinturas, pues muestra una mayor humanidad. Viste el hábito marrón bajo sus atributos cardenalicios. De rostro sereno y pensativo, fija los ojos en el espectador. Muestra en las manos un libro abierto y una pluma. La leyenda dice así:
Finalmente cierra el arco lateral otro capuchino martirizado del que igualmente ha desaparecido la inscripción de su nombre. Es la representación más patética. Semidesnudo, con el torso al aire, sus brazos cruzados descansan sobre el pecho. Fue asaeteado con cuatro flechas, que hundidas profundamente le hacen sangrar de muerte. Por detras de las manos un palo o caña simboliza haber sido anteriormente apaleado. Su rostro expresa dolor y fuerte pesar.
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Mercedes Gómez Dorado y Mª José Sánchez Rodríguez (fotos)
Fuente: El Convento Sanluqueño de Capuchinos. Fernando Cruz Isidoro

















