CEPER Mardeleva. Curso de Patrimonio

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Evolución del convento en la ciudad


A la muerte de su fundador el VIII duque don Manuel Alonso, sus sucesores continuaron ayudando al convento de forma periódica. En ocasiones esta ayuda, se hizo cotidiana y casi institucional, provocando una dependencia conventual, necesaria para su supervivencia y bienestar. Pero no continúa en el tiempo, en ocasiones se pedía por vía de urgencia, cuando las necesidades apremiaban más de lo habitual. A esta ayuda se fueron añadiendo, rentas y censos, gracias a mandas y donaciones de devotos de la Virgen del Buen Viaje y admiradores de la paz y austeridad de la Orden, en su mayoría a la hora de la muerte, como memoria de misas, enraizando aún más a los capuchinos con el entorno y sus moradores, que veían en el convento no sólo un referente para su vida diaria sino también un lugar de reposo eterno para su cuerpo, desde donde se rezaría y cantaría para la salvación de sus almas durante años.

Fachada del Convento

Con la ayuda de Carlos III, el colegio de misioneros quedó bajo la tutela real, los capuchinos favorecieron lo que era una realidad en Sanlúcar desde siglos antes, la presencia en sus calles de numerosos misioneros. Este colegio facilito el tránsito de los capuchinos hacia las misiones que tenían encomendadas por la Corona en América, concretamente en los Llanos de Caracas en Venezuela. La labor formativa, aparte de sus profesores, estaba en buena medida en la magnifica biblioteca que el convento llegó a atesorar, de un volumen y calidad tan apreciable que se distinguió del resto de  las Ordenes. Contaba con 1133 volúmenes, de gran antigüedad por el tipo de encuadernación, 990 lo eran en pergamino, la mayoría de los siglos XVII y XVIII. Se situaba en una sala aparte, rectangular y alargada en la planta baja.Para facilitar su lectura, disponía de dos bancos de pino y dos atriles para reposarlos. Con la desamortización se suspendió su actividad intelectual y la perdida de todo el material que componía su conjunto.    

En el convento de capuchinos se instaló la cofradía de Ntra. Sra. Del Buen Viaje, vieja hermandad de marineros, que fue acogida por la Orden, favoreciendo sus deseos de arraigo en la población, atrayendo a los fieles, sin embargo debido a una serie de problemas dentro de la cofradía, esta languideció décadas más tarde. Aunque serían los capuchinos los que auspiciaran su refundación, con la titulación de Hermandad y Cofradía de Ntra. Sr. Del Buen Viaje y San Antonio de Padua. La hermandad a mediados del siglo XVIII, entro en una atonía similar a la del resto de la ciudad de Sanlúcar, descompuesta en su economía.

La Orden Tercera o de Terciarios,  que comprendía seglares de ambos sexos, adquirió una gran importancia a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, para decaer en la primera década del siglo siguiente. En su capilla se veneraba una imagen de San Francisco.

Con el siglo XIX se inicia una etapa oscura para la vida del convento, azotado por los vaivenes de la política interior española. Su historia queda marcada en esos años por fatigas y necesidades, y el creciente deterioro que presentaba el inmueble desde décadas, este se acrecentó con la presencia de las tropas napoleónicas en la ciudad. El convento fue cerrado y posiblemente empleado para algún fin  que casi lo arrasó.

La comunidad vuelve en el año 1813, y viendo el lamentable estado del inmueble, realizaron una intensa restauración llevándose a cabo, gracias a la generosidad de algunos hermanos legos, corriendo con los gastos.


Esta vuelta se trastocaría en el año 1821, con las nuevas ideas liberales, surgidas en las Cortes de Cádiz. Fruto de ese intento de transformación del Antiguo Régimen, será la desamortización de las órdenes religiosas. El convento se vio afectado, recibiendo una orden del gobernador para su exclaustración, y el traslado de su comunidad. Todos los bienes fueron incautado y pasados a subasta, procediendo a diversos inventarios los cuales se desglosaron en cinco apartados:

  • El primero, trataba de dejar constancia de cuantos documentos de propiedad poseía el convento.
  • El segundo, recoge todos los bienes muebles y efectos semovientes, vales reales, créditos contra el estado y particulares, las escrituras de contratos de arriendos y los libros asientos de cuentas y razón.
  • El tercero, fueron fincas rústicas y urbanas
  • El cuarto, se pasó revista a los cuadros, libros y demás objetos que había en la biblioteca
  • Finalmente el quinto inventario se sacó relación de las imágenes, retablos, mobiliarios litúrgicos, vasos sagrados, alhajas, misales y ropa blanca y de color usada para el culto.

En el año 1823, se produjo un nuevo cambio en la política de la nación, acabando con el régimen liberal, originando crueles luchas y restableciéndose el poder absolutista del antiguo régimen, y devolviendo todos los bienes a la iglesia.

Más tarde con la desamortización de Mendizábal, alcanzó de lleno este convento procediéndose al inventario que guardaban los frailes realizados en el año 1821.

La salida de la comunidad fue de forma inmediata, al igual que la venta del inmueble y sus fincas. El inmueble se arrendó para casa de vecindad de personas pobres. La huerta, las dos aranzadas de viñas y el pinar fueron vendidos, y su iglesia seguía ofreciendo su culto.

La orden se reestablece el 18 de Abril de 1877 con grandes dificultades, tanto a la hora de recibir el permiso gubernativo como para efectuar la compra de su antiguo solar. En buena medida el éxito se debió a la intensa labor negociadora del sanluqueño Andrés de Hoyos  Limón, preparando la vuelta de los frailes capuchinos Esteban de Adoáin y Saturnino de Artajona a la ciudad.

Las negociaciones de la compra del inmueble, fueron bastante dura, pues los dueños pedían casi seis veces más de lo que habían pagado. Intervinieron, aparte del padre Adoáin, Hoyos Limón y el arcipreste, el Conde de Aldama y Pilar del Pino, abriéndose de forma inmediata una suscrición popular encabezada por las principales familias sanluqueñas, que buscaron ayuda de amigos y conocidos. Destacaron los 20000 reales entregados por los señores de Garvey o una familia católica que no quiso dar su identidad, los 10000 del Conde de Aldama y otra persona que tampoco quiso figurar, los 5000 de León de Argüeso más 10000 que prestó, 8000 entregados por Domingo de Santo, 6000 de Pedro Domecq y otro tanto de Manuel González Peña, o los 2000 con los que contribuyeron los Duques de Montpensier, a lo que añadir los donativos de una larga lista de personas, destacando por sus cargos los 1000 reales que regaló el obispo de Vitoria, los mismo del arcipreste Rubio Contreras o del obispo de Cádiz, los 500 del general Malcampo, los 100 de la Condesa viuda de Bustillo o los 28 de un pobre. En total se acumularon 136868 reales por vía de limosna y 18000 por la de préstamo.

Para entonces el edificio se encontraba  en ruina, debido al intenso expolio que había sido sometido, quedando nada más que las paredes, la cruz blanca y fray Gabriel, se realizaron las indispensables reparaciones, para poder acoger a los frailes. El convento se inauguró el 30 de noviembre, con el padre Esteban de Adoáin como primer guardián y cinco frailes. Posteriormente se sumaron capuchinos de Bayona, Hispanoamérica y hermanos legos. Gracias a donaciones se pudo comprar la huerta, la viña y el pinar.

Los años siguientes fueron un ir y venir, alterado por los tristes acontecimientos de nuestra traumática guerra civil. La huerta fue saqueada e intentaron quemar el edificio, pero rápidamente fue controlado.

A la muerte en 1946 del capellán mayor y administrador del Santuario de Ntra. Sra. De la Caridad, los sacerdotes de la comunidad capuchina, muy vinculado durante siglos con el vecindario sanluqueño, se hacen cargo por unos años del culto, dada la escasez de sacerdotes por aquellas fechas en la archidiócesis hispalense.

El buen hacer de los capellanes capuchinos en esos años queda además confirmado, por el desinterés material que mostraron, pues en los años que ejercieron el cargo no cobraron nada por sus servicios.

Hoy la vinculación del convento con el Santuario sigue existiendo, por el especial cariño que su comunidad manifiesta en todos los actos que allí se celebra.

La relación entre los infantes de Orleans Borbón con el convento, se inicia con los infantes Don Antonio y Doña María Luisa Fernanda, duques de Montpensier que fijaron en Sanlúcar su residencia, convirtiéndose los frailes guardianes en sus capellanes, oficiando las misas en la capilla del palacio. Ellos donaron la renovación del camarín de la Divina Pastora, a cuyos pies obtuvieron el privilegio de enterrarse en un panteón familiar y costearon la decoración pictórica de la capilla del padre Adoáin. Gracia a la presencia de los nobles en la ciudad, el convento fue visitado en diversas ocasiones por miembro de familias regias.

Ese cariño a la orden se ha prolongado hasta nuestros días con sus sucesores, que vienen mostrando repetidamente su carácter bienhechor.

Mary Carmen Jiménez


Fuente: El Convento Sanluqueño de Capuchino. Fernando Cruz Isidoro.


 

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