Palacio de Medina Sidonia
El Palacio de los Duques de Medina Sidonia, formado sobre los restos del antiguo Ribat árabe de finales del siglo XI, está construído en adobe y argamasa descansando sus cimientos sobre las arenas (suelo de travertinos) que conforman el subsuelo del Barrio Alto de Sanlúcar de Barrameda. Conservada gran parte de su arquitectura y estructura almorávides, única en su género, contrasta con la de los palacios europeos. |
Se puede decir que estudiar este palacio es estudiar la historia de España y la vida paralela de una familia aristocrática que fue dejando su impronta en sus muros, paredes y jardines, generación tras generación.
Concedido por Fernando IV, junto con la villa de Sanlúcar a Alonso Pérez de Guzmán "El Bueno", el fundador de la saga, ha pertenecido a los Señores de Sanlúcar, posteriores Duques de Medina Sidonia, desde 1297. Los espacios, al igual que el mobiliario, se fueron adaptando al gusto de las distintas épocas, quedando todas plasmadas en los salones que se fueron construyendo a lo largo del tiempo, formando un interesante conjunto que, partiendo del Salón renacentista de Columnas y llegando al de Embajadores de fuerte influencia barroca, constituyen un muestrario que nos permite relacionar al hombre y a su entorno material, permitiendo, gracias a la labor de conservación y restauración llevada a cabo por la XXI Duquesa, Isabel Álvarez de Toledo y Maura, a lo largo de varias décadas, devolver a nuestro tiempo parte de este pasado que a todos nos atañe, mediante la Fundación Medina Sidonia creada por ella.
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Descripción
El Palacio de los Duques de Medina-Sidonia se sitúa en la zona alta de la ciudad, ocupando el lugar donde anteriormente estuvo ubicado el antiguo alcázar islámico durante los siglos XII y XIII, y del cual aún se conserva parte de sus estructuras por el interior del palacio.A partir de aquél núcleo primero se fueron integrando sucesivamente una serie de distintas edificaciones, cuyo ensamblaje total con el tiempo ha dado lugar a lo que es hoy el actual palacio ducal: un conjunto arquitectónico de diferentes estilos y cronologías que se extiende por una amplia zona de la antigua ciudad medieval.
Las transformaciones más importantes se llevan a cabo a partir del siglo XV cuando los duques deciden trasladar su residencia tradicional a sus tierras de Sanlúcar de Barrameda, atraídos por el auge económico que experimenta esta ciudad, convertida en puerta de entrada obligatoria para los buques hacia el gran puerto de Sevilla. Ya durante este siglo se levanta uno de los antiguos patios, presidido por una doble logia mudéjar y el Salón de las Columnas.
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Durante los primeros años del siglo XVII se construye la escalera principal y el Salón de Embajadores, originariamente cubierto por una armadura mudéjar y hoy oculto por otro más moderno.
Historia
Introducción y Siglos XI-XIV
En 1297, Fernando IV concedió la Villa de “Solucar” con su castillo, antiguo ribat o fortaleza árabe desde el siglo XI, a su “vasallo” Alonso Pérez de Guzmán "El Bueno". Del edificio que fue su residencia, se conserva la galería de la parte baja con arcos de medio punto y herradura, el bodegón y las salas de la parte alta, que forman una escuadra. El conjunto, de los siglos XII y XIII, tuvo su entrada principal por el lado de mar o "Postigo de la Mar”. Forma parte de este conjunto original una ventana, en forma de ojo de llave, descubierta en el hall. Dos "torres" discretas, de dos plantas flanquean la fachada antigua. |
Los arcos de entrada al "bodegón", de herradura y medio punto, conservan los goznes. El uno en un vigón, el otro en piedra. Al piso alto se accedía por la escalera que está en el torreón. El subsuelo del palacio y la Plaza Alta es una duna de arenas volátiles, fijada por tres muros de contención sucesivos. Las ruinas de construcciones anteriores sirven de cimiento manteniendo el equilibrio, ayudando la presión de placas de argamasa que forman terrazas.
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El Paseo de los Limones, al que se abren las viejas galerías del ribat arabe, fue camino y barbacana. Por una escalera en rampa se accede a una terraza intermedia, flanqueada por una muralla almenada, que parte de la torreta del ángulo. Salva el desnivel una escalera, construida en el siglo XVI, sobre las "tiendas de las Sierpes" o "las Covachas", ubicadas en la Cuesta de Belén que rodea parte del palacio por fuera, repartiendo el espacio interior de la logia abovedada con muretes, para arrendarlas a los comerciantes instalados en Sanlúcar. El segundo duque, D. Enrique de Guzmán, en el XV, adosó al muro fachada de piedra, con relieves de un gótico tardío. Recuerdan a un rebrote medieval del estilo zoroástrico. Son las famosas sierpes de Las Covachas.
En el siglo XIX elevaron el nivel del suelo, en la Cuesta de Belén, enterrando las bases de los pilares y el pozo, que estaba en la última arcada y que servía de lavandería. En el XX se reparó el desatino con otro mayor. En lugar de restablecer el antiguo nivel de la "cuesta", marcado por la placa de argamasa, un arquitecto -declarado experto por decreto del poder- reinventó el conjunto. Rompió la placa de argamasa entre el muro que conserva los contrafuertes para incrustar escaleras, destruyó el pozo y cerró lo que quedaba de la "calle Jardines" con una fuente.
Los primeros Guzmanes, trashumantes como los reyes, no residieron de asiento en Sanlúcar, aunque a juzgar por los numerosos documentos, que están fechados en la casa, debieron pasar largas temporadas. Con el paso del tiempo se hicieron pequeñas compras de inmuebles cercanas al Palacio. Así, Enrique de Guzmán, 2º Conde de Niebla, compró en 1424 “casas e sobrados e corrales”, en el “postigo de la Mar” que vendieron los hermanos Ruy y Pedro de Solván, bachiller en leyes, vecino de Sevilla, en 15.000 maravedís de la moneda “usual", cobrados el 2 de octubre en Sevilla. La escritura se firmó el 15 en Sanlúcar, apareciendo el duque como "señor de las Islas de Canaria".
Las testamentarías describen un mobiliario escueto. Inexistente el armario, las primitivas alacenas se reducían a hueco en el muro, cerrado por simple cortina. Ropas y otros efectos se guardaban en arcones, a los que no se prestaba valor, no tardando en adquirirlo el bargueño. Como el "bufete", los encontramos individualizados y tasados.
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La incómoda jabuga, se utilizaba con moderación, no tardando en imponerse el más confortable frailero y la silla, más o menos historiada. Mesas y bancas solían ser plegables, según corresponde a sociedad acostumbrada a la guerra, obligada a huir, cuando menos lo esperaba. Cubiertas las mesas por sobremesa, no parece que las destinadas a la sala de estudio de los pajes, fuesen en principio muy diferentes a las utilizadas en cocina y el comedor. Hasta el primer cuarto del siglo XVI, abundan ropas y objetos "moriscos". De uso, son menos apreciados que los importados de una Europa, de la que llegó el reloj y muchas cosas más.
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El "estrado", o lugar de representación de un acto, como impartir justicia o recibir al consejo de estado al igual que lugar de honor donde se situaba el duque, se conservó hasta el advenimiento de los Borbones, era lugar de recibir. Cubierto el suelo de alfombras, el mobiliario se reducía a cojines de telas ricas. A mediados del XVI, aún hacía juego con las colgaduras, de damasco, brocado o tapicería, que cubrían paredes y puertas. El sillón con dosel, comenzó a utilizarlo el V Duque, Alonso Pérez de Guzmán, quién se rodeó de decorado y parafernalia protocolaria.
La cerámica, vidriada o no, se utilizaba tanto en el interior como en el exterior. Adornaba zócalos y hasta muros, pero no parece que se usase como solería. Se prefería el ladrillo, puesto en "sardiné" o espiga, utilizándose en el empedrado, que se ponía por "tapias". En los altos primaba la tablazón (de madera), que se conserva en la biblioteca. El salón de columnas tuvo suelo de tierra apisonada, esterado bajo las alfombras, hasta que en el siglo XVIII se puso de loza de Málaga.
Levantado en la parte baja, se han encontrado restos de estuco pintado con connotaciones romanas, pero al haber aparecido en material de relleno, no es posible atribuirlos al edificio, en cuyas paredes apenas se han encontrado trazos de decoración medieval. En los primeros inventarios, las pinturas son escasas. Aparecen algunas tablas "antiguas", generalmente parte de retablos transportables, propios de caballero, acostumbrado a viajar, tanto en paz como en guerra. Las telas parecen ponerse de moda, como elemento de decoración, a finales del siglo XVI.
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La costumbre de "colgar" las casas, cubriendo el interior con "paños", siendo el "paño" antecesor del tapiz, quedaba de rutina durante el verano, pero era necesidad en el invierno, preservando de la humedad el interior de los edificios, construidos en adobe o piedra. Ya en el siglo XIII hubo "paños" con figuras, pero durante mucho tiempo primaron los adamascados y de brocado. Originalidad rara los de figuras, cuyo ejemplar más señero, del siglo XI, se conserva en Bayeux. No tardaron los de "verdura", importados de Francia y Flandes, en incluir escenas con personajes, en el marco de "floresta". El Viejo y Nuevo testamento, la historia y la mitología, prestarían argumentos a los tejedores. En el siglo XVI, las casas de alquiler de mobiliario, negocio floreciente en la corte, cobraban más por el tapiz de figuras, que por el de verdura, siendo apreciada la tapicería de Alejandro, por tres generaciones sucesivas.
Siglo XV
Los Guzmanes anteriores al siglo XVI, no fueron aficionados al retrato, lo cual no impidió que Urraca Osorio de Lara, como el I y el II Duques, se hicieran esculpir en piedra en sepulturas de Santiponce. Constructores padre e hijo, el primero hizo en Zahara el "Palacio de las Pilas", que sirvió de refugio al personal y pertrechos de la almadraba, castillo en Medina Sidonia y la portada mudéjar de la iglesia de la O sanluqueña. Equivocada la ubicación de los escudos, pues las armas del marido están donde toca a la mujer, confunde a los expertos. No pudiendo admitir error heráldico en aristócrata, atribuyen la obra a Isabel de la Cerda y Guzmán, su mujer. |
Fallecido el primer duque, Juan de Guzmán en 1468, pudo poner los relieves adosados al muro del jardín adornando la calle de Bretones, entonces centro comercial. Pero parece más probable que los encargase el hijo, Enrique de Guzmán, II duque de Medina Sidonia, aún habiendo olvidado la segur, que adoptó por símbolo de identidad. Está en puerta de Vejer, por haber sido el duque promotor de sus murallas. Y en el castillo de Sanlúcar, construido en 1478. El parentesco de la sirena de cola bífida, remate de la puerta principal, con replica que aparece en un mosaico en el suelo de la catedral de Otranto y en el Atlas Catalán, es evidente. Destruidas intencionadamente las cuentas del periodo, de haberse conservado podríamos establecer relación entre los lugares y personas, sin recurrir a hipótesis, siempre discutibles.
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El duque Enrique muere en su casa de Sanlúcar, a 25 de agosto, de 1492, dejando un solo hijo, Juan, que fue el III Duque de Medina Sidonia. Nació en 1463, en Villarrasa y en casa propia, cuando el padre tomaba posesión del Estado. Juan hizo un "bosque de jabalís" en barranca extramuros, que estaba entre el palacio y el castillo. Reanudaron los reyes Católicos sus pleitos, contra los señores de puertos, por adelantar anexión, que habría de facilitar el monopolio de Indias. Y el Guzmán esgrimió el derecho inalienable de los sanluqueños, a comunicar directamente con "Berbería".
Siglo XVI
Muerto el III Duque Juan de Guzmán en 1507, el heredero, Enrique de Guzmán, IV Duque, fue llamado por Fernando el Católico. Detenido en el Alcázar de Sevilla, escapó con ayuda del cuñado, Pedro Girón. No parece que la huída influyese en secuestro general de las fortalezas que tenían los Guzmanes. Enrique reapareció en 1513. Murió en Morón, sin descendencia y con codicilo, dejando por heredera a su hermana Mencía, casada con Pedro Girón. Éste se proclamó duque de Medina Sidonia, tomó posesión de esta ciudad por las buenas e intentó conquistar Sanlúcar. No lo consiguió. Solventando el problema Fernando el Católico casó a su nieta por vía natural, Ana de Aragón, con el hijo del recién fallecido duque, y le devolvió sus castillos.Muerto Fernando en 1516, el nieto, el emperador Carlos V, exigió impuesto extraordinario, sin pasar por las Cortes. Aún enteros, los castellanos se levantaron formando las Comunidades. Despierto y dúctil, el Emperador rectificó sobre la marcha. Calmados los ánimos en Castilla, no tardaron en seguir las Germanías en Aragón. Agermanado Pedro Girón, por ser los Guzmanes del bando contrario, volvió a las andadas intentando sitiar Sanlúcar por segunda vez. Defendieron los Medina Sidonia sus pueblos y Sevilla, con cargo a su bolsillo. Terminada la guerra facilitaron al Emperador préstamo generoso, que sumado a los gastos produjo un agujero en la economía de la casa ducal, que aconsejó mudar la residencia principal de Sevilla a Sanlúcar. No debió disgustar la mudanza a Ana de Aragón, pues en 1517 compró casa junto a la familiar, para destinarla a guardarropa.
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La mudanza se verificó en 1524. Convertido el palacio en centro neurálgico del "estado", albergó amplias oficinas y vivienda escueta, en la que se alojaron los duques y algún oficial mayor. El resto del personal tuvo casa propia, o se acudió a cama de alquiler, ofrecidas en posadas, mesones y por particulares. O se la buscaron propia. Para las damas se hizo casa adosada, con patio rectangular y rejas de madera. Que hubiese torno para comunicarse con el exterior, no les impedía recibir en el interior. Este anexo se arruinó en el siglo XVIII y parte del solar fue cedido a la Iglesia Mayor, para hacer la Capilla del Sagrario.
La "cuadra" del palacio mereció especial atención, quizá por haber nacido en ella Juan Alonso de Guzmán, duque en ejercicio, por ser incapaz su hermano. El Jueves Santo de 1502, estando en la parroquia, la duquesa sintió dolores de parto. Entró en la casa, pero no llegó a la cama. Parió "de súbito", en el suelo de la sala. La sala fue dotada de artesonado renacentista, pintado por Cristóbal de Morales, esclavo liberto, con ayuda de sus hijos. Cuatro columnas sobre marmolillos y remate de madera, evocan las del palacio de Moctezuma, descrito por Cortés. La inspiración no es de extrañar. En Sanlúcar vivían indios, libres y esclavos. Los había en casa del duque, algunos regalados por el conquistador, que le dejó la tutela de sus hijas. Fueron probables autores de curioso bargueño; animales estilizados, adornan los cajones laterales, ocupando los centrales un querubín. Sobre la fábula de Adán y Eva, indio y conquistador se miran, en eterno desafío.
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Ana de Aragón continuó siendo duquesa ya que a la muerte de su esposo, el V Duque, Alonso, se volvió a casar con su cuñado Juan Alonso, hermano del fallecido y nombrado VI Duque de Medina Sidonia a partir de 1544, e hicieron de la "barranca" jardín. Se abrieron veredas, empedraron los caminos y construyeron escaleras que subsisten. Recuperado el trazado, no se ha encontrado el estanque o acequia, habiendo desaparecido castaños y olivos. Trasplantados adultos, en la cuentas se conservan las instrucciones, que acompañaron.
En 1540, Espínola hizo pasadizo, con balcón y acceso a la iglesia, por escalera de caracol. Daba a la capilla del Cristo, habiendo sido tapiada la puerta en el siglo XIX, cuando la "Septembrina" (Revolución Cantonal) convirtió el templo en casa del pueblo. El aposento de la azotea, estudio del duque Juan Alonso, se convirtió en oratorio, dando pruebas de gusto dudoso los señores de la casa, pues cubrieron el tejado de los “aposentos nuevos”, con azulejos azules. Azulejería adornó pretiles y corredores, cubriendo incluso fachadas, rematadas por gárgolas de cerámica, vidriada en verde. Barandal de hierro plateado remató el muro de contención, que forma el Paseo de los Limones.
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Se hizo torre y escaleras sobre las Sierpes, bordeadas de piedras de la playa, que se traían en carretas, comprando el duque 10 columnas, que repartió por la casa. En torno a 1539 puso vidriera, con vistas al río, protegida por una reja. Escasa la madera en Andalucía, en las obras se usaba de importación. De roble las vigas más antiguas, posteriormente se utilizó el "pinsapo", conocido por "pino de Flandes", aunque se produjese en el Báltico, importado por flamencos residentes en el puerto de Bonanza.
Tuvo la población red de agua. Y por extensión el palacio. Formaban las cañería tubos de barro, que se hacían en Sevilla, ensamblados con estopa, siendo la atarjea de ladrillo adorno, cuando no conducción de aguas residuales. Paraban en pozo negro, hoy conectado a la red general. En el palacio había aljibes, para recoger el agua de lluvia. Localizados cuatro, dos están en servicio. El uno exterior, el otro interior. En la parte baja un pozo antiguo de mareas, comunica con la capa freática, que es subsuelo del pueblo, renueva el agua, permitiendo regar dos horas al día.
Había palomar, que explica la rapidez con que los Guzmanes transmitían avisos de servicio. Había también unl gallinero donde engordaban las aves, destinadas al plato, siendo frecuente que conviviesen avestruces. Juan Alonso, VI Duque introdujo la afición al pájaro, en especial al canario. Tuvo jaula en su estudio y varias en el exterior, apareciendo en las cuentas especies comunes, cómo la tórtola y exóticas. Por 1550 se abrieron los balcones del Salón de Mármoles. Y se puso reja historiada. Juan Alonso contrató pintores, decorando con pinturas al fresco su cámara y estudio. Aficionados los varones de la familia al juego de pelota, se construyo una sala para el juego en el interior.
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En 1556, un emisario portando un correo, procedente de Ayamonte, introdujo mal contagioso en Sanlúcar. Murió el conde de Niebla -Juan Claros de Guzmán-, su madre -Ana de Aragón– y enfermó el Duque, Juan Alonso. Sobrevivió hasta 1558, dejando nieto de 9 años, Alonso de Guzmán, VII Duque, por heredero de sus deudas. La madre, de la casa de Béjar, saneó las finanzas, imponiendo estricta austeridad. Reducidas las obras a las de conservación indispensables, en aras de la educación del hijo, se permitió el dispendio de hacer habitable el ala, que daba al Picadero, para albergar al Canónigo Oretano, licenciado importado de Valladolid, en compañía del alumno, futuro Duque y futuro Capitán General que comandó la Armada Invencible.
Alcanzada la mayoría de edad, Alonso Pérez de Guzmán, VII Duque regresó al vicio de sus mayores. Cliente de imagineros y pintores, lo fue de albañiles. Trajo de Málaga columnas, para hacer galería abierta al jardín, cubierta por terraza, aprovechando a Livadotte, arquitecto napolitano. Recaló en Sanlúcar yendo camino de Indias. Retenido para modificar el claustro del convento de Madre de Dios, retiro de la XI condesa de Niebla, su madre, que no quiso rivalizar con la nuera, le llovieron encargos, haciéndole comprender que sus Américas estaban en la villa de Sanlucar. Prematura la introducción del estilo, los expertos se confunden, retrasando la datación de las obras.
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En 1565, faltó agua en Sanlúcar. Público el problema, señores y pueblo pagaron a medias la traída del manantial de las Minas al depósito que recogía las aguas en el Palmar. Adquirida más adelante la “Huerta de San Sebastián”, con manantial y noria, al ser excesivo el gasto del jardín, se trajo el agua directamente, con ayuda de pequeño acueducto, cuyos arcos se conservaron hasta hace poco. Novedad la tubería de plomo, impresionó a la duquesa Ana de Silva, mujer de Alonso, VII Duque. Deseando agua en sus habitaciones, la metió en la casa. Inexperto el cañero o lamentable el material, sucesión de fugas aconsejaron regresar a la tradición, hasta que 1604 se impuso el plomo, debidamente perfeccionado.
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Al anuncio de visita de María de Guzmán, hermana del duque, el jardín se adornó con fuente de mármol. Siguieron juegos de agua, obra de cañero italiano. Y bajo el corredor de Montserrat, se hizo un segundo estanque, perdido como el primero. Aficionado Alonso a los frutales, plantó cítricos y granados, pero también álamos, cuando la costumbre era quitarlos, al servir para mástiles. Los intervino la corona. El propietario no podía aprovecharlos, pero el rey disponía su tala, desgraciando jardines y patios.
En la segunda mitad del siglo XVI, se sucedieron las novedades, en la decoración interior. Ganó importancia el cuadro y la talla, imponiéndose el retrato. El duque y familia los encargaron variados. De viaje a la capital, Alonso trajo afición a jugar a los trucos, con mesa adjunta, que impuso en el domicilio muy contra la voluntad de la duquesa. En adelante formó parte del ajuar, tapizada y renovada repetidamente. En el jardín estaba la ermita de la Magdalena. Documentada desde tiempos del bisabuelo y abandonada, el piadoso Manuel Alonso, VIII Duque, pidió licencia para celebrar misa. Por entonces daba el edificio, las primeras muestras de vetustez. En 1606 hubo que apuntalar los muros, a la parte del jardín. Y en 1611 se derrumbó una azotea. En adelante, las obras de mantenimiento fueron constantes. Y se aprendió a reforzar con canecillos, las cabezas podridas de la vigas.
Siglo XVII
A principios del XV, el Duque de Arcos cifraba la belleza de su casa de Marchena, en el fulgor del encalado. En el XVI aparecieron los colores en la fachadas, pero en el XVII se regresó al blanco, sin necesidad de que mediase peste. Bastó la mediación de un nuevo sentido de la estética. Ventanas, balcones y puertas exteriores, se pintaron de verde. Reducida la entrada secundaria la vieja escalera, se embelleció la que daba a la plaza alta con losas y columnas de mármol, cediendo el barandal tradicional de mampostería, al más barroco de pilastras de hierro. Bisagras y clavos se encargaron a Sevilla, pagándolas en 1623.
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La escalera que muere en la "pieza de partir" ocupa el centro del edificio, permitiendo tomar cualquier dirección. Vulgarizado el vidrio, se multiplicaron los balcones, decorados con bolas de "latón" o bronce, adquiriendo el edificio, en sus líneas generales, la estructura exterior e interior que conserva. Diversificado el mobiliario, desde las postrimerías del siglo anterior, apareció el armario y el sillón o butaca. Y los bargueños decorados con cristales pintados y piedras duras, soporte de pinturas, manieristas y mediocres. En el estanque se puso bomba de agua. Renovado el terrado de la galería, lo adornaron 34 macetones de barro, traídos de Lebrija. Abarrotado el interior, los cuadros se llevaron al exterior, apareciendo en las galerías y en la "gruta" del jardín. En el nacimiento de la cascada, una tela representaba a Neptuno.
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El Paseo de los Limones se convirtió en barbacana. De moda y de protocolo las salvas, se pusieron cinco cañones, de los que se disparase. Tuvieron condición de decorativos pájaros diversos, avestruces y carneros de Guinea. Dejó recuerdo el oso. Abierto el jardín al público mató a una niña, que cometió la imprudencia de meterse en la jaula. El accidente aconsejó prescindir de animales peligrosos.
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Viudo el VIII Duque, le consoló "doncella noble". Instalada a domicilio, le dio dos hijos. Desordenados los Guzmanes por liberales, el duque lamentó que lance amoroso, protagonizado por dueña, terminase en los tribunales. Cortejada por caballero sanluqueño, amigo de la casa, la visitaba por las noches, en lo que hoy es biblioteca, entonces junto al dormitorio de estas señoras. Habiendo conseguido doble de la llave que usaba el duque, para entrar y salir por la "puerta verde" del jardín, que daba al barrio bajo, trepaba de noche el amante con ayuda del jazmín, manteniendo relación discreta con doncella, que le creía soltero. Pero tenía mujer. Curiosa esta última por saber lo que tenía el marido en bufetillo, que cerraba, consiguió abrirlo cierto día, encontrando las cartas de la amada. Blandiéndolas se presentó en palacio. Al no darle justicia el duque, la buscó en el Alcalde Mayor, saliendo mal parados los adúlteros y el cerrajero flamenco, autor de la llave en tienda alquilada en la zona de Sierpes.
Manuel Alonso, VIII Duque dejó el mundo en 1636. El hijo abandonó la corte, donde estaba por obligación, reemplazando con gusto al padre, en generalatos y funciones. Hizo pasadizo hasta el castillo, cuya entrada ha sido tapiada y transformó el salón de juego de pelota en "oratorio". Aficionado a la música, las medidas y estructura del salón, hoy llamado de "Embajadores", son las que tuvieron los salones de música, que entonces se hacían en Viena.
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El techo o "plafón", conglomerado de yeserías y armazón de tablas ensambladas, es colgante. Lo sostiene complicado sistema de vigas, de las que penden abrazaderas, que sujetan las del armazón. Lo hicieron los Rodríguez, artífices locales, pues el arquitecto Juan de Oviedo, se limitó a revisar la solidez del trabajo. Al menos, esto es lo que se deduce de las cuentas.
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Nombrado Capitán General del Ejército, que Felipe IV se proponía reunir en Ayamonte, para reconquistar Portugal, independiente desde el 1º de diciembre de 1640, el IX Duque, Gaspar Pérez de Guzmán se trasladó a la frontera. Imposible tal operación militar, fracasó el golpe para derribar a Juan IV, que se fraguaba en Lisboa, el Guzmán fue llamado a la corte. Tras periodo de extrañamiento en Garrovillas, pasó por Sanlúcar antes de subir a Vitoria, donde estaba nombrado Capitán General del Ejército de Cantabria. Llegado a destino, fue arrestado y encerrado en la fortaleza de Coca, prisión de grandes. A 6 de agosto de 1642, la duquesa abandonó el palacio con sus hijos, porque le dijeron que el rey la quería junto al marido, por decencia del cargo.
En 1644 y sin comunicárselo, Felipe IV despojó al Guzmán de sus generalatos dándolos al Duque de Medinaceli, que se instaló en el palacio de los Medina Sidonia, utilizando casa, mobiliario y criados, sin molestarse en pedir permiso al propietario, que continuó pagando salarios y albañiles. Alquimista francés amigo del preso, que tenía arrendada la casa del jardín, fue desahuciado sin contemplaciones, arruinándose el edificio, porque el nuevo Capitán General no quería vecinos. Arreciaban los pleitos contra el Guzmán y cuando el nuevo residente tuvo el capricho de mudar el archivo, lo hizo con prisas y sin cuidado, perdiendo no pocos documentos y eventualmente extraviándolos todos. Los abogados, que fueron de Madrid en busca de pruebas precisas, para el pleito de Gaspar Pérez de Guzmán, no pudieron encontrar ninguna.
El Austria, Felipe IV, firmó el decreto de incorporación de Sanlucar a la corona el 19 de agosto de 1645. Encargado de ejecutarlo Bartolomé Morquecho, rebasó sus límites. Limitado a lo que tocase o dimanase del señorío jurisdiccional, Bartolomé Morquecho secuestró cuanto pertenecía al 9º duque, incluyendo el palacio con su contenido. Sobre las armas de Guzmán, que ocupaban el centro de techo del salón "nuevo" (de embajadores), hizo pintar las de la casa de Austria. Curiosamente, la medida no cambió el régimen. El palacio continuó siendo el centro de gobierno y administración del "estado" y los criados cobrando del Guzmán. A su cargo las reparaciones, Medinaceli no quiso arreglar salidero. Formó el agua arroyo, que llegaba a la Plaza de la Rivera. Protestaron los ediles, sin que les atendiese el General.
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Muerto el jardinero de peste, Gaspar Pérez de Guzmán se negó a reemplazarlo, pues tocaba conservar el jardín, a quien lo estaba disfrutando y el jardín no tardó en perderse. Incompetente funcional el cañero, contratado por cabildo, Sanlúcar quedó sin agua, regresando el oficio de aguador, que pervivió hasta 1960.
Instalado el presidio o cuartel, cuya instalación esgrimió Felipe IV, como causa del decreto de incorporación, los vecinos no tardaron en enfrentarse a los soldados, excitados por impuestos, que aumentaban. Al haber muertos por ambas partes, los ediles pidieron al rey que se llevase a los soldados. Atendida la demanda, el duque de Medinaceli se trasladó al Puerto de Santa María, con sus capitanías, ocupando el palacio el gobernador de la ciudad, que convivió como su predecesor, con los criados y el gobierno del "estado" del Guzmán. En 1646 se le permitió sacar sus pertenencias, incluido el archivo. El todo fue transportado a Valladolid, donde residía, con excepción de unos pocos muebles. En el periodo de los gobernadores desaparecieron los cañones, la baranda de hierro del Paseo de los Limones, puertas y ventanas. Se vendían en provecho de autoridades sucesivas. A su cargo la conservación del edificio, el Guzmán prohibió hacer obra, que no fuese indispensable, para evitar ruina total, aprobando la idea de apuntalar la casa, por hacerla menos deseable. Este duque murió en 1664, sin haber conseguido licencia para pisar Andalucía.
Su hijo Gaspar Juan, X Duque, residió en Huelva, pero no pudo entrar en término de Sanlúcar. Muerto en 1667, sin descendencia, heredó su medio hermano Juan Clarós de Guzmán XI Duque. Bien relacionado con Portugal e Inglaterra, firmada la paz reclamó restitución del señorío y anejos, apoyándole a partir de 1669, los reyes de Portugal e Inglaterra. Recibida la petición, el Consejo de Estado respondió que la paz no afectaba al decreto de 1645. Sanlúcar se había incorporado a la corona, porque al ser necesario poner presidio, el duque cedió la villa voluntariamente, contra promesa de recompensa de igual valor, pendiente porque aún no se había encontrado la adecuada.
Siglo XVIII
Juan Clarós hizo carrera en la corte. Casado con la heredera de Olivares, en 1677 era gentilhombre y poco después Capitán General en Cataluña. Pro-borbónico descarado, apenas subió al trono Felipe V, pudo entrar en Sanlúcar. Lo hizo en el curso de viaje por Andalucía, con su hijo y nietos, entre 1708 y 1711. Lo terminó en su casa sanluqueña. Recuperado el palacio, el gobernador se resistió, siendo desahuciado por las malas, en 1712. Iniciada la restauración del edificio, su propietario regresó a Madrid, donde falleció.
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Domingo de Guzmán, XIII Duque de Medina Sidonia, hizo varios viajes por Andalucía, el último poco antes de morir. Pero no coincidió con Felipe V. Adecentada la casa para recibir al rey, los criados se rindieron, declarando imposible la limpieza del jardín. El monarca se alojó en la que fuera habitación de los duques, siendo instaladas las camas de la "familia" en los salones. Por cartas de los empleados, sabemos que el rey pasaba horas en el balcón, armado de catalejo, contemplando el conjunto de edificios con huerto interior, que hacían de Sanlúcar lugar excepcional.
Pedro Alcántara de Guzmán, XIV Duque heredó al padre en 1724. Considerando que no tenía edad para frecuentar la corte, la duquesa, dama de la reina, consiguió real permiso para ausentarse dos años largos, pasándolos en Andalucía, en compañía del hijo. Se remozó el palacio de Huelva, pero sobre todo el de Sanlúcar, donde estuvieron la mayor parte del tiempo. En la casa quedaron administradores y criados, ocupando la planta principal invitados del duque. Estuvo el de Alba, con su mujer y su hija, en viaje de turismo. Y otros por razones de salud, a tomar un aire, con fama de saludable. El Arzobispo de Sevilla, Solís, estableció allí su residencia veraniega. Quiso comprar el edificio para la Iglesia, pero el duque se negó a vender la residencia del fundador de la familia. En su tiempo se arruinó el patio de las damas y se hizo la capilla del Sagrario.
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Este duque murió sin descendencia, en 1779. Heredó José Álvarez de Toledo, XV Duque de Medina Sidonia, sobrino en segundo grado y el primero de la saga de los Álvarez de Toledo. Hasta 1796 no se decidió a conocer su estado andaluz. No pasó de Sevilla. Murió de viruelas en las casas de la Plaza del Duque, hoy "Corte Inglés". Su viuda, la duquesa de Alba, invitada por el cuñado, vivió en Sanlúcar por espacio de dos años. Es en este tiempo cuado Francisco de Goya reside en Sanlúcar, invitado por la Duquesa y cuando crea la parte de su obra conocida como "los cuadernos de Sanlúcar".
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Siglo XIX
Francisco Álvarez de Toledo, XVI Duque visitó Sanlúcar y tomó posesión. Militar de carrera, desterrado y degradado, por participar en el motín de Aranjuez, se retiró de la corte por poco tiempo, pues el 2 de mayo de 1808, estaba de vuelta en Madrid. Ocupada Sanlúcar por los franceses, el palacio sirvió de cuartel. Al término de la guerra, se remozó como de costumbre. En tiempo de Francisco, despareció la figura del señor jurisdiccional y se decretó la primera abolición de los mayorazgos. En el de su hijo, desaparecieron definitivamente.
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Pedro Álvarez de Toledo, XVII Duque, no tardó en tener problemas políticos. Desterrado de la corte por decreto general contra liberales, en 1823, vivió en Sanlúcar. En su tiempo se arrendaron bajos y cuadras, para bodegas, figurando un Barbadillo entre los primeros inquilinos. En 1827 se proyectó, por primera vez, hacer del interior del palacio apartamentos.
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En 1830 el duque estaba en Nápoles, manteniendo relaciones con el carlismo, como no pocos liberales, opuestos a la dictadura arbitraria, que ocultaba la corona, tras un liberalismo de etiqueta. En 1837 le fueron embargados los bienes en ausencia. Les salvó de la subasta el hecho de que aún estuviese pendiente la testamentaría del padre. Y los bienes a nombre de todos los hermanos. Fiel a la causa, no se acogió a la amnistía de 1839. Perdonado en 1847, por intercesión del hijo, José Álvarez de Toledo, XVIII Duque, se asombró, entrando en Sanlúcar, al ver las paredes del Salón de Embajadores, donde se celebraba el baile municipal de carnaval y se reunían los notables, cubierto de pinturas procaces, lamentando el encargado lo mucho que padecían las baldosas, con motivo de los festejos.
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Remozada la casa en profundidad, se introdujeron reformas lamentables. Se ocultó la viguería tras cielos rasos y en la restauración del Salón de Columnas, desaparecieron las pinturas del techo, recubriendo de estuco, con pomposo escudo en el centro y chimenea documentada en el siglo XVI. Empapeladas y enteladas las paredes, en cristal esmerilado de la escalera, José, hijo de Pedro introdujo las armas de su mujer, Rosalía de Caro.
Pedro, el XVII Duque, murió en Madrid, en 1867, un año antes de caer Isabel II. Había regresado a la gracia, pues era senador. En su testamento Pedro se saltó a José, dejando el palacio, con el Coto de Doñana y otros bienes, a su nieto Alonso, conde de Niebla, casado con María Caballero Muguiro. En el palacio se multiplicaron los vecinos, buscando que se autofinanciase. Lo tomaron monjas para colegio y quisieron comprarlo. Bien recibida la propuesta, se hubiese vendido, de no ser exigua la oferta. En 1874 se hicieron planos, para convertir el palacio casa de vecinos, en los bajos, cerrando arcos, sin preservar el piso principal, donde están los salones. Fallecido en 1897, sin hijos y en vida del padre, dejó los bienes por testamento a su viuda, que sólo pudo reservarse el usufructo. La Caballero hizo cuanto pudo, por disimular en denguerías decimonónicas, la rudeza del caserón.
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Siglo XX
José murió en 1900 y Joaquín Álvarez de Toledo, XIX duque de Medina Sidonia, hubo de aguardar al fallecimiento de la Caballero, para entrar en posesión del palacio.
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Muerto en 1915, quedó proindiviso a sus cinco hijos. El menor, José, renunció y Alonso vendió su parte a Joaquín, XX Duque de Medina Sidonia y mayor propietario que hizo del edificio su residencia en España. Vivió fuera de España, inmortalizándolo Marcel Proust en la “recherche du temps perdu”, pero nunca dejó de ocuparse de la casa familiar. Casado en 1931, con María del Carmen Maura, el matrimonio se instaló en Sanlúcar, tomando la duquesa gran cariño al pueblo y a la casa. La tenían ya reparada en julio de 1936, cuando hubieron de pasar a Portugal con el resto de la familia Maura. Respetado el palacio de los Guzmanes por los revolucionarios del siglo XIX, como lo sería por los del XX, la falange lo convirtió en cuartel. De regreso el duque en el otoño, adscrito al partido, consiguió que las partes nobles fuesen desalojadas.
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Al residir en el palacio, al término de la guerra lo hizo desalojar. En aquellos años de miedo y hambre, la casa sirvió de refugio a perseguidos. En la plazoleta se repartía una comida diaria. Y Carmen Maura aplicó sus conocimientos de medicina, a recuperar desahuciados, numerosos en un periodo en que bastaba curso de seis meses, para convertirse en médico. Sala de espera la antigua escalera principal, el consultorio se conserva en el antiguo cuerpo de guardia. Carmen Maura falleció en 1946. Casado por segunda vez con María García Farias Monteys, en quien no tuvo descendencia, el duque falleció en Madrid, en 1955, estando concertada la venta del palacio.
Luisa Isabel Álvarez de Toledo, XXI Duquesa de Medina Sidonia se negó a venderlo. Adquirió las partes que pertenecían a sus tíos y un pinar en Sanlúcar, hoy vendido.
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Inició meticulosa restauración, consolidando el edificio totalmente y recuperando su aspecto primitivo. En 1962 trasladó el archivo de un guardamuebles en Madrid y lo catalogó y puso a disposición de todos a través de la Fundación de Medina Sidonia. Pese a que la restauración continúa, se podría decir que cuando Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura dejó este mundo, el palacio había recuperado todo su esplendor.
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En la actualidad, el palacio además de ser residencia de la familia ducal, es la sede de la Fundación Casa de Medina Sidonia, una importante organización donde se guarda el valioso archivo histórico de la Casa Ducal. Al mismo tiempo, parte de los salones y jardines del ala izquierda han sido habilitados para hospedería y cafetería, en un ambiente de exquisito cuidado y decoración, que posibilita al público visitar y habitar parte de sus dependencias de este palacio, y donde se muestra parte del mobiliario y utensilios de época, de alta calidad.
Bien de Interés Cultural, este palacio ducal de Medina-Sidonia de Sanlúcar de Barrameda está catalogado como monumento y su publicación queda recogida en el BOJA desde el año 2007.
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Fuentes:
- Web de la Fundación de Medina Sidonia
- Cadizpedia
- Bases de datos del patrimonio Inmueble de Andalucía. Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico. Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía: Ficha del Palacio de Medina Sidonia y Las Covachas
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